SENDERO 2
Dos ideas, un destino
El proyecto empezó lejos del bosque, en un congreso en México, cuando dos ideas que venían por caminos separados se encontraron. Esta es la historia de ese comienzo.
Fue en 2022, en Mérida, México, durante el III Congreso Latinoamericano y del Caribe de Murciélagos. Allí se presentaron dos ponencias que, sin saberlo, hablaban de dos mitades de una misma idea. En una, la Universidad de Antioquia contaba una noticia extraordinaria, el redescubrimiento del Saccopteryx antioquensis, la especie que se creía extinta. En la otra, Diana Cardona, por Cuántico, mostraba cómo los bancos de hábitat podían financiar la conservación durante años, para que proteger un bosque no dependa del entusiasmo de una temporada ni del presupuesto de un solo proyecto. Una ponencia tenía la especie que valía la pena salvar; la otra, el mecanismo para sostener su protección en el tiempo.
Una ponencia tenía la especie que valía la pena salvar; la otra, el mecanismo para sostener su protección en el tiempo.
Quien se dio cuenta de que esas dos mitades encajaban fue Bat Conservation International (BCI), una organización estadounidense que desde hace décadas trabaja por la conservación de los murciélagos en todo el mundo. El BCI aportó dos cosas a la vez, la financiación que volvía posible el proyecto y una experiencia acumulada en contextos muy distintos. Fue, más que un financiador, un socio del que aprender.
Así nació La Ruta de las Alas, con un propósito doble desde el primer día, proteger al murciélago y, con él, los frágiles ecosistemas kársticos de los que depende. Pero detrás había un compromiso que marcó todo lo demás, la conservación no se logra desde una sola mirada. Por eso el proyecto se armó entendiendo qué podía aportar cada quien, y reuniendo a sectores que rara vez trabajan juntos.
La Universidad de Antioquia, con su Grupo de Mastozoología, y la Universidad del Rosario pusieron el conocimiento científico sobre la especie y su hábitat. El Programa para la Conservación de los Murciélagos de Colombia, una iniciativa sin ánimo de lucro, se encargó de la sensibilización y del trabajo con las comunidades. Terrasos, empresa pionera en el país en bancos de hábitat, aportó la experiencia para estructurar el mecanismo de conservación. Y Cuántico, empresa de base tecnológica especializada en biodiversidad, tomó las riendas de articular todas esas piezas y conducir el proyecto de principio a fin.
Con los roles claros, faltaban las manos. Un proyecto así necesitaba perfiles muy distintos, y cada aliado aportó los suyos mientras el proyecto salía a buscar por todo el país el talento que faltaba. Terminó vinculando a cerca de cincuenta profesionales, y a unas treinta personas más en las regiones del trabajo de campo, las que abrieron sus casas, movieron los equipos y sostuvieron la logística. Coordinar semejante orquesta fue un reto enorme, y también, para casi todos los que lo vivieron, una de las experiencias más bonitas de sus carreras.
Lo que había empezado como una charla entre colegas era ya una red de personas e instituciones con un mismo norte. Tenían el propósito, el respaldo y el equipo. Faltaba convertir la idea en un plan concreto, y para eso había que resolver algo que nadie en el país había hecho antes.











