SENDERO 3
La huella invisible
A un murciélago que esquiva las redes y vuela en la oscuridad hay que buscarlo de otra manera, escuchándolo. Así empezó el rastreo de la especie por todo el corredor.
Un muestreo bien planeado desde el comienzo era lo que aseguraría que cada dato posterior fuera relevante. Carlos Ortiz-Yusty, que lideró esta fase desde Cuántico, se propuso ir más allá de confirmar que la especie seguía ahí para entender cómo vivía y qué necesitaba, un conocimiento que con el tiempo alimentaría las decisiones de conservación, y también lo que hoy sabemos sobre otras especies de murciélagos que comparten este corredor.
Tradicionalmente, a los murciélagos se los estudia con redes de niebla o de arpa, que permiten capturarlos y examinarlos más de cerca. Pero los insectívoros que cazan en el aire, como el Saccopteryx antioquensis, tienen un sistema de orientación tan afinado que detectan la red y la esquivan. Por eso el proyecto se apoyó en la bioacústica como método principal y sumó noches de redes de niebla para complementar el trabajo, dos técnicas que juntas dan un retrato más completo.
Cada especie de murciélago se orienta y caza emitiendo sonidos propios, una firma sonora en frecuencias que el oído humano no alcanza a percibir. Unos detectores especiales captan esos ultrasonidos y los vuelven visibles como un espectrograma, y al compararlos contra una huella conocida se puede saber qué murciélago pasó por ahí sin necesidad de haberlo visto antes.
En el caso del Saccopteryx antioquensis, esa huella conocida existía por el trabajo de Leidy Laura López, que había grabado al primer individuo en el redescubrimiento. Su registro fue la referencia que permitió rastrear a la especie por todo el corredor y por eso fue clave que ella se sumara al equipo. El proyecto combinó dos formas de escucha, detectores pasivos que quedaban grabando solos durante semanas y un detector activo, de mano, que traducía el sonido en imagen en tiempo real y permitía saber qué especies volaban alrededor.
El diseño del muestreo se apoyó en la experiencia de un equipo que ya conocía la zona y llevaba años trabajando con murciélagos. Con esa mirada se eligieron cuatro zonas que, juntas, abarcaban la variedad del paisaje. Sonsón y San Luis entraban casi por obligación, porque de ahí venían las dos capturas con que se describió la especie. San Carlos, en el corregimiento de Puerto Garza, aportaba el corazón del corredor, un punto en el medio que no se había explorado. Y Maceo sumaba sus cuevas con historia y unos bosques particulares, aislados de las carreteras y los pueblos.
Los detectores grababan toda la noche, cada noche, durante semanas, y a ese trabajo se sumaron las jornadas de redes, que aportaban registros biológicos para complementar la información. De la escucha volvió una montaña de sonido, más de 26.000 grabaciones, y ahora el equipo tendría que revisarlas una por una, buscando entre ellas la voz del Saccopteryx antioquensis.
