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Primates en un paisaje fragmentado
En un paisaje fragmentado del Caribe colombiano, el tití cabeciblanco y el mono nocturno caribeño se mueven por un bosque que cambia. Entre 2024 y 2025, un equipo de Cuántico siguió su rastro con cámaras, simulaciones y miles de datos de campo. Esto fue lo que encontró.

por REDACCIÓN CUÁNTICO
Jun 17, 2026
Un bosque conectado, o un bosque que aísla
Para un primate, un fragmento de bosque aislado puede convertirse en una trampa. La conectividad ecológica —la capacidad de un paisaje para facilitar o restringir el movimiento de los organismos entre parches de hábitat— es la que decide si una población logra alimentarse, reproducirse y persistir, o si queda encerrada hasta desaparecer. Cuando un ecosistema se fragmenta, las poblaciones se aíslan, pierden variabilidad genética y se quedan sin acceso a recursos críticos. La conectividad es, literalmente, la diferencia entre persistir o desaparecer.
Medir esa conectividad es el verdadero reto. «Exige analizar la estructura del paisaje, la permeabilidad de cada cobertura, las barreras naturales y las de origen humano, y simular las rutas que cada especie sigue o podría seguir, porque cada organismo responde distinto a un mismo territorio», explica Carlos Eduardo Ortiz Yusty, director científico de Cuántico. Por eso el equipo combina ecología espacial, simulación de movimiento, sensores remotos, cámaras de fotodetección y bioacústica —el estudio de los sonidos que emite la fauna—. «No asumimos —medimos, simulamos y verificamos», resume.
Un país de primates en riesgo
Colombia es el tercer país con más primates del mundo. En sus selvas amazónicas, sus bosques andinos y los fragmentos del Caribe viven 38 especies, diez de ellas endémicas, es decir, que no existen en ningún otro lugar del planeta. Son mucho más que una postal de biodiversidad. Al dispersar semillas y mover nutrientes de un extremo a otro del bosque, los primates ayudan a regenerar el ecosistema del que dependen tantas otras formas de vida.
Esa riqueza se está erosionando en silencio. Más de una veintena de especies de primates colombianos están amenazadas, y cinco figuran En Peligro Crítico —la máxima categoría de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN)—, entre ellas el mono araña café (Ateles hybridus) y el tití cabeciblanco (Oedipomidas oedipus). Detrás de la cifra se repite un mismo patrón. La expansión de la frontera agropecuaria, las actividades extractivas, las grandes obras de infraestructura y un tráfico de fauna que golpea a los primates más que a casi cualquier otro grupo. En ese panorama, entender cómo se mueven estas especies y qué necesitan para sobrevivir se vuelve una urgencia.
Dos especies, dos formas de habitar
En el seguimiento ambiental del proceso de aprovechamiento forestal en Córdoba, dos primates fueron definidos como objetos de conservación y señalados como especies sensibles. La elección tuvo una razón de fondo. Su presencia y su estado funcionan como un termómetro del paisaje, porque revelan su grado de alteración y qué tan bien funcionan las medidas de manejo, incluidas las de sensibilización con las comunidades. Y, aun así, los dos llevan vidas opuestas en el mismo escenario.
El tití cabeciblanco (Oedipomidas oedipus) es endémico del Caribe colombiano y vive sobre todo en fragmentos de bosque seco tropical, uno de los ecosistemas más amenazados del país. La Lista Roja de la UICN lo clasifica En Peligro Crítico. Se proyecta que su población caiga un 80 % o más entre 2018 y 2036, empujada por la pérdida y la fragmentación del bosque, las actividades extractivas y la transformación del paisaje para la agricultura y la ganadería. A ese cerco se suma el tráfico ilegal, que lo llevó al Apéndice I de la CITES, el de mayor protección. Vive en grupos familiares de tres a nueve individuos, cuya organización cooperativa influye directamente en su supervivencia, y recorre el dosel siguiendo rutas aprendidas. En los fragmentos mejor conservados pueden encontrarse entre 15 y 48 individuos por kilómetro cuadrado; en los más degradados, esa cifra se desploma junto con el alimento y el refugio.
El mono nocturno caribeño (Aotus griseimembra) pertenece al único género de primates estrictamente nocturnos del neotrópico. Para vivir de noche desarrolló adaptaciones poco comunes. Una visión afinada para la penumbra, parejas monógamas y un cuidado paterno activo en el que el macho carga y protege a las crías. Habita en grupos pequeños y estables —una pareja y sus hijos—, una organización social rara entre los primates y de alta cooperación. La UICN y el Ministerio de Ambiente lo catalogan como Vulnerable, después de perder más del 30 % de su hábitat en 24 años por la fragmentación y la transformación del paisaje. Se desplaza con cautela, priorizando la seguridad sobre la distancia, guiado por la memoria espacial y la luz de la luna.
Dos especies. Dos formas de habitar. Un mismo reto. Y una misma pregunta que guió el trabajo. ¿Hacia dónde se mueven estos primates cuando cambia su hábitat? ¿Funcionan de verdad las áreas designadas como refugio? ¿El paisaje todavía les permite desplazarse?
¿Cómo se investiga el movimiento de los primates?
Una sola herramienta no alcanzaba. Para reconstruir el mundo de dos primates tan distintos, los investigadores superpusieron cinco miradas sobre la misma zona de estudio.
Primero, los pies en el campo. Recorridos sistemáticos por el bosque, anotando cada avistamiento para estimar cuántos individuos había y dónde. Después, unos ojos que no duermen. Cámaras de fotodetección activas las 24 horas, repartidas entre áreas de refugio y zonas de transición, capaces de sorprender por igual al tití diurno y al escurridizo mono nocturno, y de captar lo que ningún observador humano vería.
Con esos registros entraron los modelos. El análisis de densidad Kernel* —una técnica estadística que detecta los puntos donde más se concentran los avistamientos— y los modelos de ocupación fueron más allá del simple «¿está o no está?» para revelar cómo usa el espacio cada especie. Y el modelo Pathwalker** llevó el ejercicio aún más lejos. Es un programa que simula en el computador las trayectorias que seguiría un animal, sopesando la energía que gasta, su atracción hacia los recursos y el riesgo del camino. Con él, los investigadores recrearon miles de rutas posibles, todas validadas con datos reales de campo.
La quinta mirada apuntó al sustento del bosque. El equipo analizó la flora disponible y estudió en laboratorio más de 3.200 individuos de artropofauna —los artrópodos del suelo y la hojarasca que delatan la salud ecológica de un bosque—. Que haya espacio disponible es una cosa. Que ese espacio tenga con qué sostener la vida es otra muy distinta.
"Es la integración de las cinco capas lo que transforma un estudio ambiental en una herramienta de gestión predictiva y adaptativa. Y al cruzar todas esas miradas, los datos nos sorprendieron."
— Diana Cardona Ramírez, directora ejecutiva de Cuántico y coordinadora del proyecto.
Lo que el bosque respondió
Las cámaras, las simulaciones y los análisis de laboratorio convergieron en una respuesta más rica de lo esperado. Las áreas designadas como refugio sí ofrecían condiciones de alta calidad para ambas especies, y los sectores con mayor conectividad entre fragmentos concentraron la mayor presencia y actividad.
Pero el bosque guardaba matices. El tití trazaba rutas largas y dirigidas, con una navegación cooperativa apoyada en puntos de referencia; el mono nocturno recorría distancias más cortas, fiel a su memoria espacial y a la luz de la luna.
"Cuando las simulaciones incorporaron el componente de mortalidad, las distancias de dispersión se redujeron drásticamente. Ante la incertidumbre, ambas especies priorizan la cercanía a las zonas seguras"
— Carlos Eduardo Ortiz Yusty, director científico.
Y las cámaras revelaron mucho más que primates. En las áreas de refugio quedaron retratadas 25 especies de fauna silvestre, desde osos hormigueros y perezosos hasta tucanes y monos aulladores. Un ecosistema vivo y funcional que sostiene a los primates y, con ellos, a toda una red de vida que merece protección.
La conectividad no es única
Quizá el hallazgo de fondo sea el más fácil de enunciar y el más difícil de aplicar. El tití tolera mejor el paisaje intervenido; el mono nocturno depende de los bosques continuos. Dos especies que comparten un mismo entorno responden distinto a los mismos cambios. La conectividad ecológica no es una solución única. Cada especie la necesita a su manera.
Entender cómo se mueven las especies permite planificar mejor el manejo del paisaje, priorizar las zonas clave para la conservación y anticipar impactos antes de que ocurran. Ahí está el valor de leer un ecosistema con rigor científico. Un bosque bien leído es un bosque que todavía se puede cuidar.
Notas
*Análisis de densidad Kernel — Técnica estadística que estima la concentración espacial de los registros para identificar las zonas de mayor intensidad de uso dentro del área de estudio.
**Pathwalker — Modelo computacional que simula trayectorias de movimiento de fauna considerando la energía disponible, la atracción hacia los recursos y el riesgo del entorno (Unnithan et al., 2022).
Referencias
Este artículo se apoya en el informe final del proyecto y en la literatura científica que se relaciona a continuación.
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